martes, 26 de diciembre de 2017

Anacronismos

Vestido con un traje oscuro que le da un aspecto un tanto envarado, con corbata y cuello duro, pelo muy negro y una expresión de duda en la mirada. Así aparece el joven Franz Kafka en una fotografía tomada en sus años de estudiante de instituto.

 Por aquella época —los primeros años del siglo XX— el escritor checo anotaba en su diario que se sentía "desorientado" y añadía que la escuela (estudiaba, a la sazón, el bachillerato) no podía darle lo que necesitaba.

Más adelante, en las mismas páginas, recoge una idea inquietante: "el objetivo de la escuela...es borrar toda particularidad individual". 
La maquinaria educativa por la que pasó Kafka durante ocho años fue objeto de un duro juicio por parte de su contemporáneo, el filósofo Fritz Mauthner:
"Todavía hoy (1917), opino que el error fundamental era la profunda falsedad del sistema, la evidente desproporción entre los programas escolares y la realidad en la que vive el alumno"
"Los alumnos continúa Mauthner— se limitaban a aprender unas cuantas palabras que olvidaban de inmediato una vez acabado el examen".
Kafka también es demoledor en su crítica. Describe las clases de lengua (alemana) como "inútiles" pues "se centraban en la mera acumulación de conocimientos susceptibles de ser citados"
Toda la enseñanza de la época se basaba en en libros de lectura compilados ad usum delphini. Materiales falsos, espurios catones para los escolares.
La escuela que nos pintan el adolescente serio e introvertido— Franz Kafka y su contemporáneo Mauthner, se parece demasiado a la nuestra. La distancia entre el universo cerrado, asfixiante, de las aulas y los intereses y necesidades del alumnado apenas se ha acortado. 
La metodología expositiva, transmisiva, la pizarra como muro, la comunicación unidireccional, se practicaba en el rígido Altstädter Deutsches Gymnasium de la ciudad vieja de Praga hace cien años y se practica hoy día en nuestras posmodernas aulas digitalizadas. La diferencia es que el mundo que se podía contemplar desde las cristaleras del palacio Kinsky, donde se ubicaba el viejo instituto, era muy distinto del que hoy habitamos.
Cuanto más cambia la sociedad, las relaciones de autoridad, de poder, más se retratan unas prácticas que siguen siendo deudoras de inercias  premodernas.
Lo curioso es que los esfuerzos legisladores que han hecho las administraciones educativas para quitar el moho del currículo escolar, no es que hayan caído en saco roto, es que han sido recibidos de uñas por una gran parte del cuerpo docente. 
Así, muchos enseñantes siguen pensando que su trabajo es "dar" contenidos, sin importarles un rábano si sus pupilos los "reciben". Para más inri, eso que "dan" lo sacan de un libro que — digámoslo una vez más (Quosque tandem...?)— confunden con el currículo. Todo esto no es fruto de la maldad o la desidia, sino del curriculum oculto, el que se aplica de verdad, el que dice cómo ser docente. El otro, el que rige legalmente, es despreciado o ignorado por muchos que apenas lo han mirado.
Las nuevas tecnologías pueden ser la piedra de toque del cambio, pero el cambio no es la introducción de las TIC. Lampedusa pone en boca del protagonista de "El gatopardo" la frase (cito de memoria) "si queremos que todo siga como está, es necesario cambiarlo todo". Es decir, un mero barniz tecnológico podría ser otra vuelta de tuerca a esa visión de la enseñanza que permanecería auténtica pedagogía perennis— inalterable.
El joven Kafka — alto, algo encorvado— que nos mira "desorientado" desde una vieja fotografía, no hubiera tenido grandes problemas para sentarse en un aula de nuestro moderno bachillerato.


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