miércoles, 10 de enero de 2018

Metafísica

Las musas deben encontrarte trabajando, dicen quienes no ven contradicción entre genialidad y constancia.

Leo en Relojes de Einstein, mapas de Poincaré, del historiador de la ciencia Peter Galison, autor acostumbrado a huir de ideas recibidas, que tal expresión es, cuando menos, confusa y conformista. A no ser que ahondemos en el significado de la palabra trabajo.

Para Galison, profesor en Harvard, los gestos contemplativos, sociópatas y tecnófobos deben espantar a las musas, porque lo que encuentran las diosas cuando vienen a socorrer al pensador en apuros es a alguien manipulando cosas, trasteando objetos, negociando significados y utilizando aparatos.

Pensar viene a ser algo más manual que cerebral y siempre involucra un sinfín de gadgets, desde las tablas y las bibliotecas hasta los ordenadores. En nuestro medio -hablo de la docencia- se sigue describiendo la cultura como una logomaquia, una especie de exudación cerebral de la que han desaparecido todos los instrumentos.

Galison viene a decirnos que hay mucha tecnología detrás de cada teoría, es decir, que el pensamiento es inseparable de los instrumentos que utilizamos, de los que nos ayudamos para pensar. Separar pensamiento y tecnología no deja de ser, pues, una idealización. Peor aún, separar nuestras ideas de las máquinas con las que las producimos y movilizamos equivale a no querer habitar el mundo que habitamos.

El debate en torno a la presencia de la tecnología en la Escuela (me refiero sobre todo a los terminales conectados a Internet) es de lo más insustancial. En nuestra sociedad hace mucho que las máquinas están presentes en todos los ámbitos. Pretender que la Escuela sea una especie de cielo platónico de las ideas me parece absurdo, además de imposible.

Las dos últimas líneas del libro que he citado lo expresan con contundencia: "Encontramos metafísica en las máquinas, y máquinas en la metafísica".


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